Marzo 30 – Abril 2
Madrid, España
La mañana de aquél domingo nos levantamos y a los pocos minutos sonó el teléfono. Kate llamaba para decir que ya nos estaban esperando afuera para llevarnos al aeropuerto. “Oye, pero todavía falta una hora.”, y ella dice, “si, pero no hay problema.” Pues con el desvelo, el sueño y el cansancio, sólo nos dejó confundidos y pues, ¿qué íbamos a decir? Ni modo, nos apuramos y terminamos saliendo una media hora antes de lo previsto. Un poco molestos, ya que, bueno, no eran las 4:30 de la tarde sino las 4:30 de la madrugada. ¿Sería cambio de horario? Pues según nosotros no, y chequé mi agenda y tampoco decía nada de cambio de horario. Hubiéramos querido preguntarle al taxista la razón y más al ver que su reloj estaba una hora adelantada. Con tanto cambio de horario últimamente por tanto viaje era una gran confusión y ya bien había podido pasar el cambio. Sin embargo, si eran las 5:30am y no las 4:30am, estábamos en problemas. En el camino tratamos de ver algún reloj y nada, sólo justo antes de llegar al aeropuerto vimos uno y tenía la misma hora que nosotros. Bueno, pues nos tranquilizamos.
A los dos minutos de llegar al contador se cierra el check-in. Qué raro que lo hayan cerrado tan temprano y sin embargo, nos informaron que el vuelo iba atrasado. Ni modo, a esperar una vez más. Ya nos acostumbramos a esperar y esperar por aviones, camiones, trenes, taxis, y todo lo demás que te lleva de un lado a otro. Al ir en busca de un café de precio apropiado (todo era ridículamente caro, ejemplo, $120 pesos por un café) comenzamos a ver relojes y todos con hora diferente. Además del desvelo a este punto también estaba haciendo su labor la falta de café y no más no entendíamos nada. Finalmente cachamos que en efecto había cambio de horario y me pregunté cómo había sido posible que la hubiéramos pasado de noche. Ni Kate ni Pavel habían dicho nada.
En fin, después de varios retrasos finalmente nos subimos a nuestro avión y con gran emoción de encontrarnos en un lugar más cálido llegamos a Madrid.
Sentí raro que hubiera español por todos lados, era la primera vez en casi año y medio que tenía la oportunidad de estar en un lugar de habla hispana. Encima de ésta emoción también comencé a emocionarme de estar en un lugar de donde tenía muy buenas memorias. Había pasado dos veranos en Madrid con buenos amigos y mucha marcha.
Tomamos el metro a la Puerta del Sol y comenzamos la búsqueda regular de hoteles. Pasamos por 4 o 5 hoteles y ya comenzábamos a ponernos de malas por cargar los backpacks por todo el lugar, cuando comenzó a llover. Nos refugiamos en un edificio y tomamos turnos para ir a ver más hoteles. En verdad que estaban caros y luego muchos sin baño en el cuarto (a veces regadera, pero no escusado; me pareció raro). Vaya, no era que nos habíamos vuelto exigentes pero yo seguía con problemas del estómago y veíamos necesario tener baño próximo. Un par de horas después nos decidimos por un hotel caro pero lindo y con buena locación.
El resto del día la tomamos tranquila, checando correo electrónico, una pequeña siesta y comenzamos a disfrutar de la rica comida española; cenamos unas tapas deliciosas con vino tinto.
Temprano a la mañana siguiente nos fuimos a la embajada de Brasil. A éste punto nos urgía nuestra visa ya que teníamos el vuelo dentro de dos días. Pensamos que igual no nos daría tiempo, pero pensamos que sólo tendríamos que posponer el vuelo un día o dos como máximo. En la embajada, después de esperar como 6 horas entregamos nuestros documentos y nos dijeron 10 días. ¡10 días! Diez días que empezaban a contar a partir del día siguiente. ¡Qué locura! Se atravesaban dos fines de semana, lo cual quería decir que en vez de pasar los 3 días que habíamos planeado, serían como 15. Lo que le haría a nuestro presupuesto no quiero contar. Rogué y rogué mucho. A final de cuentas nos dieron un poquitín menos de tiempo. Nos la darían un viernes, en vez del lunes, y así podríamos volar el sábado en vez del martes. Como quiera decepcionaba, porque bueno, no nos faltaban lugares que quisiéramos visitar, pero todos estaban fuera de España (los altos precios de España motivaba a abandonarla) y sin pasaporte pues no había la opción de salir ni de volar a ningún lado.
¿Cómo hacer emocionar a un burócrata?
Para no quedarnos sin ningún documento oficial y darnos la oportunidad de cuando menos movernos de Madrid, pedimos a la embajada que nos diera una copia de nuestros pasaportes sellada por ellos. Vaya, diciendo de manera oficial que ellos tenían nuestros pasaportes y nos estaban tramitando la visa. Bueno, pues fue un proceso que jamás habían hecho antes y sí que se emocionaron. La chica que nos tomó nuestros papeles se metió en su oficina a hacer las copias y se tardó bastante. Cuando regresó tenía una sonrisa de oreja a oreja y nos comentó que le había parecido genial la idea a su jefe. (Más gracioso fue todo cuando volvimos por nuestras visas y vimos que estaban dando esas copias certificadas a todos los que estaban ahí.)
Ese día nos sucedió algo extraño. Ese día nos percatamos que en verdad éramos un par de viajeros mugrosos. Bueno, eso no era lo extraño, nos habíamos dado cuenta de ese dato desde que habíamos llegado a Londres y me dí cuenta que mis pantalones ya no eran de ningún color, creo que en un principio eran grises, ahora nada. Lo que fue extraño es que estando en uno de los lugares más caros decidimos ir de compras. Creo que llegamos a nuestro límite y decidimos ignorar los altos precios y compramos varias cosillas. Una de las compras más importantes fueron unos jeans; desde que habíamos salido de Canadá que no nos habíamos puesto unos jeans. Les podrá parecer trivial, pero sí que extrañaba ponerme de mezclilla.
Pensamos en qué haríamos de nuestro tiempo en España, quedarnos en Madrid parecía bien pero por tantos días no lo sé. Decidimos irnos a Marbella, en la Costa del Sol, y después a Barcelona. Jessica, la hermana de Jeff había estado pensando en irse a estudiar a Marbella este Septiembre y resultaría provechoso ir a ver cómo estaba la cosa. A Barcelona Jeff nunca había ido y yo sólo había ido 9 años antes (válgame que me estoy poniendo vieja) y sólo por un día, además así visitaría a mi prima Karla que desde hace mucho tiempo no la había visto.
Quizá quedarnos en España no estaría tan mal.